¿Quién fue el hombre que asesinó a Luis Donaldo Colosio?

Hace 25 años, Mario Aburto fue detenido como presunto culpable del asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia por el Partido Revolucionario Institucional. En el momento de la muerte de Colosio, circularon innumerables teorías de conspiración: nadie podía creer que un obrero michoacano anónimo estuviera detrás del segundo magnicidio de este país, después del asesinato de Álvaro Obregón, en La Bombilla, 66 años atrás. Nadie podía creer que Aburto hubiera actuado sólo, lejos de las disputas en la cúpula del PRI, del temible poder de Carlos Salinas de Gortari o de la venganza de Manuel Camacho…

Sin embargo, el caso está cerrado desde hace casi veinte años y Aburto sigue siendo el único culpable, el asesino solitario, el autor material e intelectual de un crimen que cambió la historia de México. Para urdir un poco en el misterio de este personaje, decidimos explorar su pasado, su personalidad y las misteriosas redes que lo atan al magnicidio de Colosio. Aquí no encontraremos respuestas, pero, sin duda, se plantearán todas las preguntas.

Los gritos de la multitud se ciernen sobre un hombre herido: Mario Aburto camina a trompicones, sobre un puente de madera tendido en aguas negras. Es la Colonia Lomas Taurinas de Tijuana y nadie entiende qué está pasando. A Mario Aburto lo sostienen de los hombros y de las greñas elementos de seguridad con pistolas desenvainadas. Un militar en civil desenfunda una escuadra para alejar a la multitud que lo quiere linchar.

“¡Asesino! ¡Déjenlo aquí para matarlo!”

Llueven piedras y patadas, Aburto tiene el lado de la cabeza abierto y sangra sobre el pecho descubierto por una camisa oscura rasgada. Su pantalón claro está lleno de tierra, apenas se sostiene la chamarra de cuero en la que, hace unos minutos, ocultaba una pistola Taurus .38. Los agentes logran salvarle la vida y llevarlo a una camioneta. Una vez que se cierran las puertas de la camioneta, el destino de Mario Aburto Martínez está sellado: el joven de 23 años pasará a la historia como el magnicida más misterioso de la historia de México.

Cuando acabó el discurso de Luis Donaldo Colosio empezó a sonar la canción de La Culebra. El candidato del PRI a la presidencia -y virtual presidente de México- bajó del templete improvisado sobre una camioneta pick-up y empezó a recorrer los 70 metros que lo separaban de su camioneta Blazer. Dos minutos después, los elementos de seguridad que rodean a Colosio trataron de apartar a un hombre que se acercaba a trompicones. “¡Sólo lo quiero saludar!” dijo el joven. Acto seguido estiró el brazo y puso el cañón de su pistola a dos centímetros de la cabeza del candidato, arriba de la oreja derecha. A más de 250 metros por segundo, la bala atravesó el cráneo de Colosio, destrozó el cerebro y salió por el temple izquierdo.

Inmediatamente, sonó otra detonación. El candidato se desplomó en el piso, sangrando profusamente de la boca, la nariz y las orejas. Quedó tendido boca abajo en el polvo, con una pequeña mancha de sangre en el abdomen, del lado izquierdo. Pocos segundos después, los elementos de seguridad intentaban salvarle la vida a Aburto frente a la multitud enardecida. Confusión, golpes, gritos y un joven cruzando un puente arriba de aguas sucias en una colonia desamparada de Tijuana.

El 23 de marzo de 1994 empezó una nueva vida para Mario Aburto Martínez. Este obrero de Michoacán, de bajo perfil, mujeriego, hermano de cinco, hijo de padres humildes, se convertiría en el centro álgido de todas las miradas, de todas las conversaciones. Su identidad fue, de pronto, una cuestión de seguridad nacional. ¿Era verdaderamente Aburto el asesino de Colosio? ¿Era verdaderamente ese Aburto, el anterior Mario Aburto? ¿Quién era Mario Aburto? Y estas preguntas siguen siendo inquietantes…

25 años después, Aburto vive en el más completo aislamiento, en una prisión federal de Tabasco. Nadie lo ha visto en años, nadie sabe qué apariencia tiene ahorita… o qué secretos guarda. Lo poco que sabemos es una historia turbia, llena de relatos incoherentes, admiraciones extrañas y tragedias miserables.

El joven Aburto

Mario Aburto Martínez nació el 8 de julio de 1971 en La Rinconada, un pequeño poblado al norte de Zamora, Michoacán. Es hijo de Rubén Aburto Cortés y María Luisa Martínez Piñones y fue el segundo de seis hermanos en nacer. Su padre era un hombre perseguido por la justicia: años atrás, en una borrachera, había matado a balazos a su hermano y a otro hombre. Años después, la orden de aprehensión en su contra prescribiría: el padre de Aburto logró burlar la ley, y la historia de esa familia se hilaba en la tragedia.

La madre de Mario se encargó de los hermanos y él ingresó a la primaria en 1977. Era un buen estudiante, arriba del promedio: tuvo 8.1 de calificación general en la primaria y 7.6 en la secundaria. Adolescente, Aburto empezó a mostrar cierta reticencia hacia la autoridad. Sus compañeros de clase lo consideraban reservado y serio, pero notaban cómo cambiaba radicalmente su actitud cuando se sentía víctima: “alzaba la barbilla cuando se sentía objeto de una injusticia o cuando se le contrariaba”. Dicen que una vez hizo llorar a su maestra de inglés.

Aburto soñaba con estudiar economía en la universidad, obtener un doctorado, tener un buen puesto y ganarse el respeto de sus congéneres. También quería cambiar a México. En el famoso baúl en donde se encontró el “Libro de Actas” (un cuaderno que la PGR utilizó como pieza fundamental para la condena de Aburto) el joven michoacano tenía dibujos. En los documentos recientemente desclasificados por Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, se plantea que, tal vez, los dibujos del “Libro de Actas” no fueron hechos por Mario Aburto, sino por sus primos. En cualquier caso, el contenido de estas páginas es intrigante… En una de ellas, vemos un dibujo de un hombre con las manos en alto y lo que parece ser una banda presidencial. Detrás de su figura hay un guerrero águila, símbolo que obsesionaba a Mario Aburto. Junto al dibujo está escrito:

“Aquellos que estén en
contra de las deciciones del pueblo, que se
consideren traidores
ala patria.
Por que los verdaderos hijos de la patria lo
demuestran con hechos
no con palabras. Por que el que hace, que se
respete la democracia en donde no se respeta
es mas balioso que mil
políticos juntos.
Las fuerzas de la paz
son más grandes que las de la guerra.[sic]”

La vida errante de un idealista

A los 17 años, Mario Aburto quería cambiar el país, era 1987 y no tenía amigos. Viajó entonces a Tijuana para reunirse con su familia, hizo el servicio militar y, entre 1989 y 1994, pasó por todos los trabajos imaginables. Su primer trabajo estable fue en Muebles para Niños, S.A. de C.V., empresa en la que escaló posiciones hasta llegar a ser supervisor de personal. Pero no pudo mantener ese empleo por más de 20 meses.

A partir de ahí, Aburto trabajó “como ayudante de reclinables”, en Industrias Cokin, S.A.; como ensamblador en Video Tec de México; como surtidor de abarrotes para la empresa Central Detallista; como representante del PRI en una casilla electoral de la colonia Buenos Aires; como auxiliar de materiales en Industria Electromecánica de Ensamble; como ensamblador en Juegos California; y, finalmente, con un salario miserable de 320 pesos a la semana, como obrero en Camero Magnéticos, S.A. de C.V.

En esos años de inestabilidad, Mario viajó por el sur de Estados Unidos. Pudo ser en esos viajes en donde compró la pistola Taurus .38 con la que, presuntamente, asesinaría a Luis Donaldo Colosio. Tal vez la pidió a un amigo que fue a Los Ángeles. En todo caso, a pesar de ser un sustento importante para su familia, Mario vivía una vida inestable.

¿Qué estaba detrás de esta inestabilidad? ¿Por qué los constantes despidos? ¿La inquietud? ¿Por qué Mario Aburto no podía mantener un empleo?

Hubo muchos análisis psicológicos y peritajes durante el proceso de Mario Aburto. Algunos lo señalaban con personalidad psicótica, otros con personalidad borderline. Al final, las pocas consideraciones que recolectó, hace 20 años, Héctor de Mauleón en el perfil del personaje parecen completamente reveladoras. Desde la época en que empezó su peregrinación laboral, los peritos encontraron evidencias documentales de Aburto mostrando “ideas fijas y obsesivas, de carácter reivindicativo”.

En un dictamen de psicología del 27 de junio de 1994, citado por Mauleón, los peritos acordaron que la personalidad de Aburto está dividida por dos fuerzas contradictorias: “lo que desea ser y lo que realmente es”. El informe es aún más específico:

“(Aburto) pertenece a una clase social baja con expectativas de pertenecer a la clase media, aceptando aparentemente las normas sociales, las cuales posteriormente transgrede ante su frustración al no obtener lo deseado”.

Otros peritajes relacionaban sus múltiples relaciones íntimas con una imponente necesidad de atención.

“Es sexualmente seductor, se encuentra incómodo cuando no es centro de atención (…), sus acciones van dirigidas a obtener satisfacción inmediata, no tolera la frustración ni la demora en lo que quiere conseguir, y tiene un bajo concepto de sí mismo, un gran sentimiento de inferioridad (…). Suele aparecer frío e indiferente, es competitivo, dominante, ambivalente, con dependencia afectiva profunda, suspicaz y resentido”.

Recientemente, un video desclasificado a petición de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad, muestra este lado histriónico de Aburto en su detallada actuación de lo que ocurrió el 23 de marzo 1994.

  

Los contenidos del baúl en el que se encontraron sus escritos y dibujos, señalaban también que había leído ligeras introducciones al pensamiento socialista. Compañeros de trabajo declararon, incluso, que lo habían visto discutiendo “”cosas de Marx”. En varios de sus empleos, perdió el trabajo por querer organizar a los trabajadores, sindicalizarlos y obtener mejores beneficios de salario y salud. Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos resultó en desarrollos políticos más consistentes.

El pensamiento político de Aburto se formó como una extraña amalgama de nostalgia revolucionaria y patriotismo, con elementos culturales mesoamericanos difusos, ego y encono. Las páginas del “Cuaderno de Actas” son una fuente inagotable de anécdotas extrañas y declaraciones infatuadas. De alguna forma, Aburto quería ser el receptor de una herencia más pura, una política ancestral encima de la demagogia (dicho en otras, convulsas, palabras):

“En una ocacion que me encontraba en el campo, en mi infancia, seme hacerco un señor de avanzada edad; todo un revolucionario: alto, ojos de color, cabello blanco de la esperiencia y de la sabiduría, con una enerjía envidiable; y me dijo
-Hijo, dame fuego de la fogata, y le conteste:
-Suelen ofenderme de esa manera, mas no saben que yo tan solo soy la mecha, y un día la pluma sera mi arma, pero mi arma mas peligrosa serán mis ideales y mi filosofía reconstructiva, y cada vez más mis filas irán asiendose cada vez mas numerosas, por que todos apollaran ala justicia.
El me dijo:
-Estas seguro de lo que dises y de tus ideales, por que yo estoy de acuerdo con ellos. Yo le conteste que si.
El dijo:
-Que sea para bien de la patria, y en nombre del Pueblo yo te nombro Caballero Aguila.
Alo que yo conteste:
-Rindo protesta sin reserva alguna, guardar y hacer
valer la Constitución y las desiciones del pueblo
que es nuestro país, con sus reformas a las leyes y
desempeñar patrioticamente mi nombramiento,
mirando por el bien y prosperidad de nuestro pais.
Alo que el dijo:
-Si asi lo hicieres, que la nación os lo premie, y si no os lo demande. [sic]”

También hay pasajes importantes, en estos mismos escritos, que se leyeron como declaraciones de culpabilidad. En ellos se lee que Aburto sentía una responsabilidad frente a los mexicanos; una responsabilidad que tenía que pasar por acciones y no la demagogia habitual de los políticos. Para Aburto, parecía que la violencia podía ser necesaria para la paz.

“Aquellos que esten encontra de las decisiones del Pueblo,
que se consideren traidores a la Patria.
Se abre un capítulo mas en la istoria de estos
estados heroicos y de la nación entera,
dando paso a los ideales de un hombre que preocupado
por el futuro de su país deside constribuir
para seguir construllendo un país mejor cada día, acosta
de su propia vida, renunciando a todo, asta su propia familia.
“Por que los verdaderos hijos de la Patria lo demuestran con hechos no con palabras”.

El país ha ido cambiando gracias a todos aquellos valientes que han ofrendado su vida por los ideales de un pueblo que sufre las injusticias de sus gobernantes y luchando por una verdadera justicia y democracia.
Que no sea henbano el sacrificio de aquellos valientes que isieron baler los derechos del pueblo oprimido y engañado, ellos que contanto sacrificio quisieron damos un país cada día mejor.
Esto es solo el principio de un gran y verdadero cambio, y el cambio se vera desde donde empiesa la Patria.
Hagace responsable de los hechos atodos aquellos gobernantes que siempre quisieron tomar decisiones que solo le correspondían al Pueblo.
Los gobernantes que no cumplan con el pueblo con una verdadera justicia y democracia que pagen las consecuencias.”

Detrás de estas palabras confusas, de estos peritajes, del peregrinar documentado de este idealista iracundo, mujeriego, tímido y, al mismo tiempo histriónico, se ocultan las razones de un asesinato. O, al menos, se oculta la forma en que se pudo ocultar un asesinato. A pesar de que Aburto fue declarado culpable hace casi veinte años y que purgará su condena de 45 años en prisión, muchísimos mexicanos siguen creyendo que fue un chivo expiatorio, que él no es el verdadero asesino… o que le pagaron poderosos intereses para matar a Colosio.

El día que cambió todo

Días antes del magnicidio, según la fiscalía, Mario Aburto presumió su pistola a unos primos (aunque estas versiones han sido, recientemente, contestadas).También se recogieron varias conversaciones en las que testigos cercanos, compañeros de trabajo, su novia del momento, decían que Aburto hablaba de “un proyecto importante”. Fueron días tensos en los que, al parecer, el presunto asesino redactó todos su “Cuaderno de Actas” en arranques líricos y pasionales.

El día del asesinato, sin embargo, todo parecía normal. Aburto se vistió con una camiseta oscura, pantalones jeans claros y una chamarra. Se ajustó un reloj en la muñeca izquierda y guardó la cartera con la que, posteriormente, iba a ser identificado, en la bolsa trasera de su pantalón. Durante la jornada, sus compañeros de trabajo no notaron nada raro… salvo que, a pesar del calor, Aburto no se quitó la chamarra. Algunos intuyeron, después, que era para esconder la pistola.

Al terminar la jornada laboral, Mario Aburto preguntó cómo llegar a Lomas Taurinas. Eran apenas las dos de la tarde. Tomó el camión que se dirigía al centro de Tijuana, pero se bajó antes de su parada habitual. Aburto dijo que iba a “hacer un mandado” y se bajó corriendo en la Calle Constitución, siguió hasta Niños Héroes, se compró una torta y agarró otro camión hacia Lomas Taurinas. Se bajó en medio de la vorágine del evento que empezaba en esa colonia pobre, históricamente priísta. Había más de 3 mil 500 personas y todo estaba muy mal organizado.

Distintos testigos vieron a Aburto durante el evento. Se le ve en una fotografía haciendo valla cuando llega el candidato, se le vio mientras hablaba el primer orador, cruzando la multitud, y algunas versiones (que dieron pie a posteriores sospechas) lo vieron intercambiar palabras con un elemento de seguridad del grupo Tucán, Tranquilino Sánchez Venegas.

Colosio cerró su discurso, entre aplausos, con un contundente: “¡Vamos a ganar!”. Abajo, varias vallas se habían roto y la multitud se empujaba para poder acercarse al candidato: todos sabían que a Colosio le gustaba caminar entre la gente. Algunos minutos después, una mano misteriosa, vista en miles de repeticiones de un video que circuló a pesar de los esfuerzos de la procuraduría, disparó dos balas contra el candidato a la presidencia.

Colosio fallecería de un paro cardiorespiratorio mientras le realizaban dos cirugías para salvar su vida. El segundo disparo que recibió en el abdomen no había tocado ningún órgano vital y no era grave. Pero la herida craneal era demasiado severa… desde su llegada al hospital, parecía imposible salvarle la vida. Después de 50 minutos de maniobras para revivirlo, Luis Donaldo Colosio fue declarado muerto.

A partir de ahí empezó la pesadilla de Aburto. Después de horas de tortura y de declaraciones confusas, fue llevado al penal de Almoloya de Juárez; ese centro de máxima seguridad en el que cumplían condena algunos de los criminales más notorios de la historia mexicana reciente. Cuando fue presentado a la prensa, empezaron las teorías de conspiración. En unas cuantas horas, un obrero desconocido de Michoacán se había convertido en un enigma identitario: saber quién era Aburto significaba conocer los intrincados esquemas que mueven a los poderosos en México.

Aburto fue reconocido, posteriormente, por su madre en prisión a través de una cicatriz en forma de cruz que tenía en la espalda. Pero la familia de Aburto no se quedó mucho tiempo a su lado. Sus hermanas y su madre sufrieron vejaciones sexuales por parte de los policías que las fueron a levantar y a su hermano lo torturaron durante horas. El padre decidió, entonces, llevarse a la familia y pedir asilo político en Estados Unidos. Al ser aceptados como refugiados, el gobierno americano admitió, al menos lateralmente, que los Aburto eran perseguidos políticos. El ambiente gritaba conspiraciones.

Mientras tanto, Mario Aburto fue acusado del asesinato de Colosio. En el primer informe del produrador Valadés Ríos se lee:

“De los múltiples datos aportados por los testigos oculares y de los elementos periciales obtenidos, quedó confirmado que Mario Aburto Martínez fue quien privó de la vida al licenciado Luis Donaldo Colosio… realizó dos disparos, uno directamente en la cabeza y otro en la región abdominal. El primero, mortal por necesidad. Ambos, con entrada y salida del proyectil.”

La primer hipótesis del procurador fue que Aburto no había actuado solo. Que el grupo encargado de proteger a Colosio, el Grupo Tucán, había conspirado para matarlo. Junto a Aburto, dos hombres más fueron detenidos.

El penúltimo fiscal en encargarse del caso también mantuvo la hipótesis de que Aburto había actuado con otro atacante, Othón Cortés Vázquez. En efecto, parecía improbable que Aburto hubiera disparado en dos ocasiones: el primer disparo impactó el lado derecho del candidato y, el segundo, entró por la cavidad abdominal izquierda. Los investigadores dijeron que el cuerpo del candidato había girado sobre su eje… pero todo parecía un encubrimiento masivo.

Ninguna de estas teorías se sostuvo. Posteriores peritajes de agencias de investigación estadounidenses confirmaron que Colosio había girado sobre su eje después del primer disparo y que la posición final del cuerpo era consistente con la teoría de un tirador solitario.

Finalmente, el 25 de marzo de 1994, Mario Aburto fue juzgado por homicidio calificado, con premeditación, ventaja y alevosía, así como por el ilícito de portación de arma de fuego sin licencia. Su sentencia llegó el 5 de octubre de 2004: 48 años de cárcel. Después de diversos procesos de amparo, finalmente, el 16 de noviembre de 2004, su sentencia quedó fijada en 45 años.

A pesar de las pruebas, la certeza de los jueces y de los tribunales nunca fue aceptada por el público. Después de tantos años y más de 10 mil hojas en un expediente inmenso, nadie cree en la sencilla explicación de un asesino solitario. A pesar del “Cuaderno de Actas” con todos sus delirios de guerra pacifista, a pesar de las pruebas periciales y de los largos videos de Aburto explicando su crimen, nadie puede creer que un hombre tan insignificante pudiera perturbar, con tanta profundidad, la vida de una nación.

Entre tantas confusiones, pocas personas creen que Aburto sea el único asesino de Colosio… y muchos siguen sosteniendo que fue un chivo expiatorio. La práctica del chivo expiatorio era común para la extinta Dirección Federal de Seguridad y, luego, para los servicios de inteligencia mexicanos. Agarrar a un pobre diablo, molerlo a palos y, bajo tortura, extraerle una confesión era el pan nuestro de cada día de las instituciones policiacas. Un crimen así requiere un pronto culpable… y Aburto parecía ser el candidato ideal: joven, pobre, marginado y con convulsas ideas políticas, el michoacano estaba encerrado de antemano.

Aburto sostiene ahora que es inocente. En 2008, el periodista Jesús Lemus, acusado de narcotráfico pudo acercarse a Aburto en el penal y preguntarle si había matado a Colosio. El inculpado respondió:

“Si ellos dicen que tú fuiste, pues tú fuiste y no hay de otra forma de decir que no. Y, mientras, aquí me estoy acabando la vida por algo que ni yo estoy seguro de que haya hecho.”

La familia de Aburto no ha visto a Mario en más de veinte años… apenas tienen noticias esporádicas de él. Hasta el día de hoy, siguen pensando que es inocente. Nosotros, mientras tanto, nunca sabremos qué misterios se ocultan detrás de rostro serio del hombre que marcó la historia contemporánea de México.

Si sale vivo del penal de mediana seguridad, en Tabasco, en el que se encuentra recluido, Aburto tendrá cerca de setenta años. Una vida vivida en reclusión, como el sujeto famoso de una conspiración jamás confirmada. Tal vez, a su salida, Mario Aburto explique qué fue lo que le sucedió. Tal vez, nunca sepamos la verdad de este caso. Tal vez quedarán encerrados para siempre y a pesar de Aburto, los eternos secretos de la enredada y violenta historia política mexicana.

Con información de Noticieros Televisa.

ColosioMario Aburto
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