¿Traición o pragmatismo? El acuerdo de Trump con Irán abre una grieta inédita con Israel

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Por Eduardo De Luna

La reciente declaración de funcionarios israelíes deslindándose del acuerdo impulsado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con Irán ha dejado al descubierto una fractura política que hasta hace unas semanas parecía improbable entre dos de los aliados más estrechos de Medio Oriente.

Mientras la Casa Blanca presume haber evitado una escalada regional de consecuencias impredecibles, sectores del gobierno israelí consideran que Washington abandonó una oportunidad histórica para debilitar de manera definitiva a la República Islámica.

La polémica estalló luego de que ministros israelíes afirmaran públicamente que cualquier entendimiento alcanzado entre Estados Unidos e Irán no compromete las decisiones soberanas de Israel. El mensaje fue interpretado como una advertencia tanto a Teherán como a Washington: Israel se reserva el derecho de actuar militarmente si considera que su seguridad nacional está amenazada.

Las declaraciones han llamado la atención debido a que Trump ha sido considerado uno de los presidentes estadounidenses más cercanos a Israel en la historia reciente. Durante su administración respaldó operaciones militares israelíes, reforzó la cooperación estratégica y mantuvo una política de fuerte presión sobre el régimen iraní.

Sin embargo, el reciente acuerdo ha provocado malestar entre sectores políticos israelíes que esperaban que la campaña militar contra Irán desembocara en un debilitamiento mucho más profundo del régimen de los ayatolás.

Para estos grupos, el problema no es únicamente el cese de las hostilidades, sino las concesiones económicas incluidas en las negociaciones.

Diversos analistas y críticos del acuerdo sostienen que el nuevo entendimiento podría resultar incluso más beneficioso para Irán que el firmado durante la administración de Barack Obama en 2015. Entre los principales argumentos destacan el eventual acceso de Teherán a miles de millones de dólares en recursos previamente congelados y el retiro gradual de sanciones económicas que durante años limitaron severamente la capacidad financiera del país.

Desde esta perspectiva, los opositores consideran que el acuerdo permitirá a la República Islámica recuperar margen económico, fortalecer sus instituciones y aumentar su influencia regional una vez superada la presión derivada del conflicto.

La diferencia parece ser menos ideológica que estratégica.

Para Trump, la campaña militar cumplió su objetivo principal: demostrar capacidad de respuesta, golpear objetivos considerados sensibles y llevar nuevamente a Irán a una mesa de negociación desde una posición de fuerza. Continuar la confrontación implicaría asumir riesgos militares, económicos y políticos difíciles de justificar ante la opinión pública estadounidense.

En contraste, una parte importante del establishment de seguridad israelí considera que el conflicto había generado condiciones excepcionales para aumentar la presión sobre Teherán y limitar de manera permanente sus capacidades estratégicas.

La consecuencia ha sido una creciente tensión entre quienes defienden una solución diplomática y quienes consideran que el acuerdo otorga demasiado a Irán a cambio de garantías insuficientes.

Las acusaciones de “traición” que han surgido en algunos sectores israelíes reflejan precisamente esa percepción. No obstante, otros observadores recuerdan que Estados Unidos proporcionó respaldo militar y político decisivo durante la crisis, por lo que consideran injusto presentar el acuerdo como un abandono de Israel.

En realidad, la disputa revela una diferencia fundamental sobre el futuro de Medio Oriente. Mientras Trump parece apostar por estabilizar la región mediante negociaciones y reducción de tensiones, parte del liderazgo israelí considera que cualquier alivio económico para Irán terminará fortaleciendo a un adversario que continúa representando una amenaza estratégica.

La incógnita ahora es si el acuerdo logrará consolidar una paz duradera o si, por el contrario, las profundas diferencias entre Washington y Jerusalén terminarán reabriendo un conflicto que muchos consideran lejos de haber concluido.

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