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  • Arturo Ávila Cano, investigador y Premio Nacional de Ensayo sobre Fotografía, brindó una sesión virtual en el Seminario de la Mirada Documental
  • Entrelazando teoría y ejemplos, expuso el valor de la imagen fotográfica como documento, ícono y símbolo

Arturo Ávila Cano ha hurgado en acervos fotográficos tan importantes como los correspondientes al Estudio Guerra, bajo custodia de la Universidad Autónoma de Yucatán, o el del periódico El Universal, diario centenario de nuestro país. Con estas tablas, el investigador desmenuzó el uso de la fotografía en la construcción de la historia, durante su participación en el Seminario de la Mirada Documental.

El especialista, Premio Nacional de Ensayo sobre Fotografía, brindó una sesión virtual dentro de esta actividad académica organizada por los institutos Nacional de Antropología e Historia (INAH), a través de la Dirección de Estudios Históricos, y de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.

En el marco de la campaña “Contigo en la Distancia”, de la Secretaría de Cultura, expuso el valor documental de la imagen fotográfica y la forma como deviene en ícono y símbolo. “Es preciso rescatar el origen de la imagen, analizar cómo ha sido utilizada en los medios de comunicación masiva, en su puesta en página y la narrativa que le acompaña, además del lugar que ocupa en la narrativa del propio autor, cuando adquiere un sentido de trascendencia”, anotó.

Y es que, retomando lo dicho por el fotógrafo Boris Kossoy, Ávila Cano insistió en que la imagen es un objeto multidimensional, el cual se desdobla e inserta en distintos campos del conocimiento, artefactos y productos, adquiriendo nuevos sentidos.

La fotografía, dijo, es testimonio, porque implica el concepto de testigo, y entabla un contrato no escrito entre el autor de las imágenes y la casa editorial que les da cabida, “de suerte que podemos creer que esas imágenes que nos están presentando son verídicas, son testimonios reales.

“La fotografía nos enseña la mentalidad de la época. Podemos tener conocimiento de los hechos a través de los personajes, vestimentas y edificaciones, de cosas que ya no tenemos a la vista, pero que fueron registradas por alguien que quería darle esa función de documento a la imagen.

“Hay que considerar que muchas de las fotografías que se hacen como material coyuntural para la agenda inmediata de la prensa, con el paso del tiempo se convierten en fuentes para la historia”, refirió el coautor de 100 años de fotografía en El Universal.

Un cuestionamiento para quien se dedica a historiar fotografías atañe al discurso iconográfico y a la narrativa que les acompaña, para adentrarse en los prejuicios, estereotipos y racismo implícito en la representación de lo documentado; como fue el uso de la fotografía en los estudios antropométricos realizados a los indígenas, a mediados del siglo XIX e inicios del XX.

Lo anterior se explica porque “la fotografía, además de aparecer en el contexto de la Revolución Industrial, surgió durante la institucionalización de disciplinas para el estudio del ser humano, sirviendo de herramienta para el discurso positivista del orden y el progreso. Es interesante cómo se va gestando esta idea de modernidad entre las disciplinas, las instituciones de registro y de control, y las investigaciones en torno al ser humano”.

En ese contexto del estudio de la otredad se inscriben los registros visuales de los fotógrafos viajeros como Désiré Charnay, a los que Arturo Ávila nombra como ‘protoarqueólogos’: “tenemos que entender a la imagen desde el concepto de la representación, para acceder al conocimiento de cómo se construían los discursos sobre el otro”.

Ícono y símbolo

De acuerdo con el investigador, el término de mercancía es el que une a la fotografía con el ícono, y un ejemplo claro son los retratos de celebridades de cualquier ámbito, los cuales se transforman justo en eso, en objetos que ya no se discuten, a los que ya no se les interroga.

“Los íconos los adquirimos a través de nuestros consumos culturales, de la educación sentimental que recibimos por medio de películas, revistas, telenovelas, de los medios masivos en general, y en esa categoría no solo entran luminarias sino también los caudillos de la Revolución. Se puede trabajar encontrando aquellos íconos visuales que representen la trayectoria de un fotógrafo, o hablar de íconos sociales que forman parte de la cultura popular”.

En tanto, la imagen se convierte en un símbolo cuando representa una tradición cultural, valores religiosos, políticos o ideológicos. Un ejemplo de esto fue el certamen de “La India Bonita”, organizado por el diario El Universal, en 1921, para conmemorar el centenario de la Consumación de la Independencia, y el cual contó con el respaldo del afamado antropólogo Manuel Gamio.

“En ese artificio, que encumbró el rostro de la adolescente Mariana Bibiana Uribe, la imagen fotográfica fue utilizada como instrumento que participó de la mentalidad y el imaginario de una época que buscaba afanosamente imponer una identidad nacional, una supuesta esencia de los mexicano”, concluyó.

Con información de Secretaría de Cultura.

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Cultura

Muere Charlie Daniels a los 83 años.

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Charlie Daniels, cantante y compositor cuya fusión del country tradicional y el rock sureño lo convirtió en un popular artista en los años 70 y 80, ha fallecido.

El interprete murió este lunes de un derrame cerebral hemorrágico en Hermitage, Tenn. Tenía 83 años.

Después de establecerse en la escena del estudio de Nashville con sesiones y trabajo de giras detrás de artistas como Bob Dylan y Leonard Cohen, Daniels atrajo la atención como cantante y director de banda por derecho propio con varios singles para Epic Records – «Uneasy Rider», «The South’s Gonna Do It Again «,» Long Haired Country Boy «, que expresaba parentesco con los rockeros de cuello rojo en la audiencia country.

Es mejor recordado por «The Devil Went Down to Georgia», su cuento popular, ambientado en un estilo de blues parlante, sobre un concurso de violín con Old Nick. El single subió al número 1 en la lista de países y cruzó al número 3 en el lado pop en 1979, cambiando 1 millón de copias.

La canción, que recibió una amplia exposición en la banda sonora multi-platino de la película de 1980 «Urban Cowboy», capturó un premio Grammy a la mejor interpretación vocal country. Impulsó el álbum de Daniels «Million Mile Reflections» al número 5 en la lista de álbumes pop.

Le sobrevive su esposa Hazel y su hijo Charlie Jr.

Con información de El Imparcial https://bit.ly/3e3Isx8

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Cultura

Muere el compositor Ennio Morricone a los 91 años.

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  • El italiano, creador de melodías como las de las películas ‘El bueno, el feo y el malo’, ‘La Misión’ o ‘Cinema Paradiso’, está considerado como uno de los mejores músicos de la historia del cine.

La banda sonora del siglo XX italiano quedó escrita para siempre cuando recibió el encargo para componer la música de Novecento, la epopeya de Bernardo Bertolucci sobre las dos Italias. Pero, Ennio Morricone (Roma, 1928-2020), sin proponérselo, había construido en aquella época el retrato sonoro de un paisaje cinematográfico donde el mundo pudo volver miles de veces más, aunque las luces de la sala se hubieran encendido ya. La madrugada de este lunes, el compositor dejó de vivir a los 91 años. Le acababan de conceder el Premio Princesa de Asturias, poco después de anunciar su retirada de los escenarios. Tenía que recogerlo justo el día de su cumpleaños, justo cuando cumplía 92 y su movilidad se había complicado algo. Pero hasta que sufrió un accidente doméstico, había seguido trabajando en su casa con vistas a la romana piazza Venezia para seguir construyendo un universo que, como siempre dijo, le había salvado de la guerra. En una conversación con este periódico de hace apenas un año se interrogaba sobre la naturaleza del más allá. También en esto el maestro podrá ahora encontrar algunas respuestas.

Morricone podía ser un dolor de muelas para un entrevistador o una visita no suficientemente anunciada. Las prevenciones de su entorno solían ser siempre infinitas y la historia de reportajes fallidos, larguísima. El maestro tenía un carácter de mil demonios. El mismo que le hizo mandar al infierno a Quentin Tarantino cuando consideró que usaba de forma caprichosa sus temas en películas como Malditos bastardos o Django desencadenado. Pero como con el cineasta, con quien se reconcilió y firmó la apoteósica música de Los odiosos ocho —aquel arranque de la diligencia avanzando a través de la nieve funciona gracias a una música convertida en personaje principal—, terminaba siendo luego mucho más amable y cercano de lo que su entorno solía prevenir al periodista antes de la entrevista.

Una de las advertencias habituales, sin embargo, conviene tenerla en cuenta también ahora. Precoz compositor y estudiante atento de pentagramas en el conservatorio romano de Santa Cecilia, discípulo de compositor contemporáneo Goffredo Petrassi, de quien aprendió la “música absoluta”, Morricone no componía bandas sonoras, sino música para cine. La música absoluta, como él mismo dio en llamarla, representa un elemento en sí mismo. Autónoma de relatos prefabricados o insólitas peticiones del oyente. “Funciona si es buena y ya está. Se puede unir a cualquier realidad, pero no supone la realidad misma, sino un imaginario aparte. Posee una función complementaria a cada cinta y puede justificar la obra como un todo, pero de manera independiente. Representa esa abstracción de lo que no se dice y no se ve en el filme. Y así debe funcionar”, explicaba aludiendo a un cierto ideal wagneriano (Gesamtkunstwerk u obra de arte total).

Pero hoy, le gustase al maestro o no, es imposible separar su música de las imágenes. Volver una y otra vez al desierto de Tabernas (Almería) donde Sergio Leone rodó El bueno, el feo y el malo (1966) o Por un puñado de dólares (1964). O al vértigo del cochecito de bebé subiendo pesadamente las escaleras de la estación central de Nueva York antes del tiroteo final de Los intocables de Eliot Ness (1987). También a través de la monumental epopeya que sobre la Italia del siglo XX rodó Bertolucci con Novecento, un enorme retrato de un país siempre partido en dos, el sur y el norte, también entre los violentos rescoldos del fascismo y el vigor comunista más vibrante de la Europa occidental; o la celebrada banda sonora de Cinema Paradiso, cinta que ahora se repone en cines españoles.

Morricone, a quien le hubiera gustado trabajar con Pedro Almodóvar más allá de la ¡Átame! que hicieron juntos en 1989, no aceptaba encargos concretos. Su trabajo no era cocinar pizzas al gusto. Mandaba al cuerno a quien le pedía melodías conocidas, remedos sonoros de grandes compositores o, como había hecho Tarantino, convertía en mera comparsa de acompañamiento lo que había escrito. Desarrolló al principio una técnica muy depurada para evitar discusiones o debates estériles sobre sus partituras: mandaba su obra justo cuando la película estaba terminando de producirse. “A veces tan solo un mes antes del estreno. El director no tenía siquiera la opción de rechazarla. Muchos necesitaban acostumbrarse, a veces mis obras eran un golpe inesperado”, contó hace unos meses a este periódico. Con los años, la técnica dejó de ser necesaria porque algunos directores, como Sergio Leone, llegaron a rodar películas como Por un puñado de dólares a partir de la música ya escrita.

Los compases políticos de Morricone siempre se expresaron de forma sutil. Apoyó a Matteo Renzi cuando este emprendió un proceso de reformas para modernizar el país. Alabó a Barack Obama cuando quiso construir un Estados Unidos más justo a través de un sistema sanitario universal. Y criticó a Trump, a su manera, cuando supo que uno de sus grandes amigos del alma y compañeros de viaje le había apoyado. “Respeto la opinión de Clint Eastwood, pero con Trump no estoy de acuerdo”.

La relación con EE UU siempre se consumó a distancia. Algunos creen que la Academia que otorga los Oscar no le perdonó jamás que decidiese no cambiar nunca su amada Roma por los bulevares y autopistas de Los Ángeles, como hicieron tantos colegas de profesión que abrazaron casi anualmente las estatuillas doradas. No lo logró por la imponente música de La Misión (1986), ni siquiera tampoco por Érase una vez América (1984), aunque muchos dijesen que fue porque se entregó fuera de plazo. Morricone ganó su primer Oscar hace cuatro años, por la música de Los odiosos ocho, de Quentin Tarantino. En 2007, había recibido el galardón honorífico de la Academia de Cine. A sus 87 años, subió al escenario ovacionado, recogió la estatuilla y dio las gracias a su mujer, María, por soportar su “ausencia”. Hoy la sensación es más aguda y se extenderá por todo el mundo a medida que pasen las horas. Su música, otra vez, seguirá sonando cuando desaparezcan los títulos de crédito.

Con información de El País https://bit.ly/2Z0q4AK

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Cultura

Leonardo, el hombre que salvó la ciencia

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Autor de grandes obras pictóricas como La Gioconda y La última cena, Leonardo da Vinci fue no sólo un artista de la pintura, sino que fue también músico y escritor, pero es su faceta de hombre de ciencia la que más fascinación causa. En este documental se muestra a Leonardo como precursor de los grandes inventos de la era moderna.

Ciudad de México, a 2 de julio del 2020. Dentro de la campaña Contigo en la distancia de la Secretaria de Cultura, Canal 22 estrena el documental Leonardo, el hombre que salvó la ciencia en el que se examinan dibujos de sus ideas e inventos más famosos, algunos de los cuales remontan su creación original a la antigua Grecia, mientras que otros fueron producto de los inventos científicos de la era dorada del aprendizaje islámico.

La premisa del programa plantea si Leonardo, al reinventar la tecnología antigua, despertó un renovado interés en la experimentación científica perdida en Europa durante la Edad Media hasta el Renacimiento. De algunos de sus bocetos, encontrados en sus cuadernos, han surgido algunos de los artefactos más modernos, como el traje de buzo, las grúas, las ametralladoras y máquinas voladoras como el paracaídas.

Aunque aparenta ser el inventor de estos objetos, el documental desmenuza lo que en realidad fueron ideas originales que precedieron a Da Vinci, pero fue él el primero en crear planos y un método de construcción de estos, planteando así lo que ahora se conoce como método científico.

¿Era Leonardo un genio o un imitador?, ¿un profeta que anticipó la era moderna 500 años atrás?, ¿cuál es la explicación de su grandeza como hombre de ciencia? Son algunas de las preguntas que el largometraje, perteneciente a la serie Secretos de los muertos, tratará de responder.

Con información de Secretaría de Cultura.

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