Chick Corea en añoranza de viajeros

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Chick Corea en añoranza de viajeros.

Por Laura Haddad

Vi a Chick Corea en el zócalo de Puebla que esa noche más bien parecía el Parque Juárez porque creo el ochenta porciento de los asistentes eran de aquí, de Xalapa.

Creo que entonces Jazzuv apenas iniciaba o no sé, pero sí que estaban todos los músicos conocidos de Xalapa, toooooodos, me atrevo a afirmar.

Yo llegué allá sin planear, como suelen ser mis mejores aventuras para recordar.

La noche anterior había sido de fiesta y reunión de amigos en el bar, allí se habló de que Chick vendría a Puebla a dar un concierto gratis, todos coincidimos en que era buena idea ir pero no quedamos en nada.

A la mañana siguiente hacía mucho calor, no recuerdo el mes.

Una llamada me despertó preguntando que si jalaba para ir al concierto, que nomás era cosa de cooperar para la gasolina y casetas con la buena alma que nos llevaba y había puesto su auto para el viaje.

Yo todavía no me recuperaba de la trasnochada pero acepté, ¡era Chick Corea! El mismo que sólo escuchaba saliendo del estéreo del automóvil de uno de los novios que he tenido y más he amado, cuando yo de jazz no sabía más que a él le gustaba tanto como el rock progresivo. Y por ende, a mí también.

Así que fuimos.

Aún no eran tiempos de redes sociales pero ya de internet y de teléfonos celulares.
Luego de despertar y empezar a alistarme para el viaje, me cayó el mensaje de texto de un amigo que tenía a la distancia y con quien tuve varios años comunicación así casi todos los días, hasta que se le ocurrió enamorarse.

Le conté que me lanzaba a Puebla a ver a Chick Corea y él que veía un partido aburrido de fútbol y que si yo lo pasaba a buscar a la CAPU y mis amigos me lo permitían, se sumaba a nuestro grupo.

Acepté sabiendo que en mi grupo de cuates cabía cualquiera con buena onda.
Llegamos a Puebla todos juntos pero a mí me pasaron a dejar la CAPU para recoger a mi otro amigo que venía de la Ciudad de México.

Ni él ni yo sabíamos llegar al zócalo de Puebla pero sí éramos viajeros (él más consumado que yo, viajando por el extranjero) así que tomamos un taxi.
Nos sorprendió ver que en el camino no había gente que pareciera estar enterada de ese concierto que prometía ser histórico. Y lo fue.

Localizados mis cuates con quienes planeé el viaje y otros más, terminamos todos hasta adelante.

No recuerdo cómo fue que comenzaron ellos a animarme a “charolear”, es decir, asumirme como Prensa para poder estar en el corral instalado para medios abajo del escenario, pero sí que finalmente terminé allí.

Tal vez fue que por un momento recordé que a la siguiente mañana debía entregar mis notas del día y no tenía material.

Lapicero y libreta siempre traía. La cámara no, porque cuidaba yo mucho mi vieja LUMIX pero alguien me prestó una Cannon profesional para que los organizadores no dudaran de que era yo “enviada de Veracruz para reportear el concierto”.
Y allí estuve yo.

Tomé muchas, muchísimas fotografías de Chick frente al piano. No vi ninguna más allá de la pequeña pantallita de la cámara.

El dueño de la cámara prometió enviármelas pero no lo hizo.

Y como “sin fotos no hay publicación”, mi pequeña y apresurada crónica redactada desde un ciber en el centro de la Angelopolis, padeciendo un desvelo casi mortal, no se publicó como sí las notas que envié de boletines revolcados.
Ayer me enteré que murió este gran jazzista.
Poco de mis contactos en redes lo lamentaron.
Noté así que el Jazz sigue siendo un género no con muchos seguidores.

Ayer también platiqué con ese exnovio que tanto amé, pero no le comenté nada pues su estabilidad emocional ya no es tan fuerte como la del muchacho de veintintantos años que traía cds de Chick en su chevy.

Añoré esas aventuras.
Cometer esas escapadas del hogar sin mucho pensarlo porque tenías la certeza de que al volver todo estaría bien, quizá tu mamá (la mía) un poco seria porque otra vez te fuiste “sin permiso” pero nada más.

Eran años sin pandemia y cuando músicos así de grandes, se presentaban gratis porque alguien tenía esa gana de traerlos para el disfrute de quienes quisieran, aunque el político en turno sólo viera una promoción a su imagen.

Tiempos en que una chica podía viajar con sus amigos hombres sin temor alguno incluso sentir que ellos la cuidaban.

Sin “cubrebocas” ni “sana distancia” tampoco “nueva normalidad”.
Ayer sentí que con la muerte de artistas como Chick se están muriendo también esos tiempos…

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