En carne viva

Paraíso Infernal
Entrega 13

En carne viva
Por Eduardo De Luna

Marcela no lloró cuando empezó a hablar. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Se sentó en cuclillas, con la espalda contra un tronco húmedo, y prendió un cigarro que no sé de dónde sacó. Le temblaban las manos, pero no la voz. La selva estaba callada, como si también estuviera escuchando.

—No lo planeé —dijo—. Nunca planeé nada en mi vida.

Josefina no la interrumpió. Estaba acostumbrada a esperar. A la selva, a los silencios largos, a que la gente sacara la verdad como quien arranca una espina vieja.
Marcela siguió.

Dijo que llevaba dos días sin dormir bien. Que el crack la mantenía despierta pero la dejaba hueca, como si algo adentro se hubiera ido para no volver. Dijo que despertó tirada en la orilla de la carretera, con la boca seca y el cuerpo lleno de moretones que no recordaba haberse hecho. Dijo que había caminado casi diez kilómetros desde InHouse, con los pies ardiendo y la cabeza llena de ruido, siguiendo la avenida Juárez hasta que el asfalto se empezó a romper y la luz de los postes se volvió intermitente, como si el mundo también estuviera a punto de apagarse.

—Ahí donde ya no sabes si sigues en Playa o si ya entraste a José María Morelos —explicó—. Ese pedazo donde nadie te ve.

El hombre apareció en una camioneta blanca. Vendedor foráneo de ferretería, se supo después. En ese momento solo era un tipo con camisa sudada y sonrisa fácil. Le preguntó si necesitaba aventón. Marcela dijo que no. El tipo insistió. Dijo que ya era tarde, que la selva no perdona. Marcela pensó en la droga, en el cuerpo cansado, en la noche encima. Subió.

—Desde que cerré la puerta supe que me había equivocado —dijo—. Pero cuando sabes, ya es tarde.

Manejaron unos minutos en silencio. Luego el hombre desvió el camino. Dijo que conocía un atajo. Dijo que ahí nadie molestaba. La camioneta se internó en la selva como si fuera su casa. Marcela quiso bajarse. El hombre se rió. Paró.

Lo que vino después Marcela lo contó sin adornos. Sin metáforas. Como si estuviera leyendo una lista que se sabía de memoria.

Los golpes.
La mano en la boca.
El cuchillo que sacó para asustarla.
El olor a sudor y metal.
La tierra clavándosele en la espalda.

—No era la primera vez —dijo—. Eso fue lo peor. Que mi cuerpo ya sabía qué hacer para no morirse.

Dijo que mientras la violaba, pensó en su casa de niña. En el cuarto sin puerta. En las manos que llegaban antes que la menstruación, antes de que supiera qué significaba su cuerpo. Pensó que siempre era igual: hombres decidiendo, ella sobreviviendo.

—Yo no grité —dijo—. Nunca grito. Los gritos no sirven.

En algún momento el hombre dejó el cuchillo en el suelo. Marcela no supo cuándo. Solo supo que estaba ahí. Dijo que lo vio brillar con la poca luz que entraba entre los árboles. Dijo que lo agarró sin pensar. Dijo que no quería matarlo, pero tampoco quería volver a vivir.
El primer corte fue torpe. El segundo fue con rabia. El tercero ya no lo recuerda bien. Solo recuerda el peso del cuerpo encima, soltándose de golpe, y el silencio que vino después. Un silencio distinto. No de selva. De final.

—Cuando paré, ya estaba muerto —dijo—. Y yo seguía viva. Otra vez.

Marcela se quedó mirando el suelo. Josefina no preguntó nada. No hacía falta.

Después vino la huida. La camioneta abandonada. El camino a pie, sin rumbo. La selva tragándosela como había tragado a Josefina semanas antes. Marcela caminó hasta que las piernas dejaron de responderle. Hasta que el crack dejó de importar. Hasta que solo quedó el miedo.

—Pensé que me iban a cazar —dijo—. Que ya venían. Siempre vienen, ¿no?

Cuando encontró a Josefina, creyó que era una alucinación. Una mujer flaca, con un machete oxidado, buscando algún animal pequeño para cocinar. Josefina la miró como se mira a alguien que ya cruzó algo del que no se regresa.

La abuela maya había salvado a Josefina antes. Ahora Josefina salvaba a Marcela, sin decirlo en voz alta.

—No me preguntó nada al principio —dijo Marcela—. Me dio agua. Eso fue suficiente.

Pasaron la noche juntas. El relato salió despacio, como sangre vieja. Josefina escuchó todo. No juzgó. No corrigió. No dijo “debiste”. Solo entendió una cosa: esa historia no iba a sobrevivir si se quedaba ahí, pudriéndose entre árboles.

—Van a inventar cualquier cosa —dijo Josefina—. Siempre lo hacen.

Y ya lo estaban haciendo. En los medios locales el ferretero era una víctima ejemplar. Marcela, una sombra. Una drogadicta. Una nadie.

Por eso fueron a ver a La Chan.

Marcela no quería. Sabía cómo funcionaba el mundo. Sabía que nadie le iba a creer a una mujer de veintiséis años con el cuerpo roto y el cerebro incendiado por el crack. Sabía que las autoridades no escuchan a las que huelen a calle. Sabía que su pasado iba a pesar más que la verdad.

—Pero si no lo digo, me voy a volver loca —dijo.

La Chan las escuchó como se escucha a alguien que trae algo peligroso en las manos. Tomó nota. No prometió justicia. Prometió no mentir.

Marcela terminó su confesión con una frase que no pidió perdón:

—No soy buena. No soy inocente. Pero ese día no quise morir. Y eso fue todo.

La selva siguió ahí. La ciudad también. Y la historia, por primera vez, dejó de pertenecer solo a los hombres.

La Chan

La Chan escribió de noche. Siempre lo hacía así cuando el coraje le subía desde el estómago como ácido viejo. No por romanticismo: de día la ciudad hacía demasiado ruido y las mentiras circulaban más rápido. De noche, en cambio, las palabras podían caer pesadas, como debían caer.

Abrió el archivo con un título seco, provisional, casi clínico. Lo borró. Volvió a escribirlo. Lo volvió a borrar. No quería adornos. No quería moralejas. Quería que doliera lo justo. Que no se pudiera usar en su contra, pero tampoco a favor de nadie más que de la verdad.

Porque la verdad, esa noche, no olía a heroísmo. Olía a selva húmeda, a sangre lavada con agua sucia, a miedo antiguo.

La nota empezó así, sin contexto amable, sin comillas redentoras:

Una mujer de 26 años asesinó a un vendedor foráneo de ferretería tras denunciar haber sido privada de la libertad y violentada sexualmente en una zona selvática ubicada en el límite entre Playa del Carmen y el municipio de José María Morelos.

Punto. Nada más. La Chan se quedó viendo la pantalla. Sintió el ardor. Sabía que desde ahí ya le iban a caer encima. Que iban a decir que estaba justificando. Que estaba romantizando. Que estaba “tomando partido”. Como si contar las cosas completas fuera un pecado.

Siguió.

Escribió que la mujer caminaba de noche por la avenida Juárez después de haber despertado desorientada, drogada, lejos del punto donde había conseguido estupefacientes. No escribió InHouse. No hacía falta. El nombre era un guiño para los que ya sabían. Y los que sabían también sabían lo demás.

Escribió que el hombre se ofreció a darle aventón. Que no hay testigos de la conversación previa. Que el trayecto se desvió hacia una brecha. Que ahí ocurrió la agresión.

Violencia física.
Violencia sexual.
Amenazas.
Un cuchillo.

No escribió adjetivos. Los adjetivos se los dejaba a los columnistas de café y ego grande.

Cuando llegó al punto del homicidio, hizo una pausa larga. Se levantó. Caminó a la cocina. Tomó agua. El estómago le ardía como si hubiera tragado vidrio molido. Pensó en cuántas veces había leído historias iguales, siempre mal contadas. Siempre desde el mismo lugar: el del muerto limpio y la mujer sucia.

Volvió.

De acuerdo con el testimonio recabado por este medio, la mujer logró hacerse del arma blanca que portaba su agresor y la utilizó durante el forcejeo. El hombre murió en el lugar.

Así. Sin espectáculo. Sin morbo.

Después escribió lo que nadie quería leer, pero que era necesario: que la mujer huyó. Que se internó en la selva. Que no acudió a las autoridades. Que no porque no existiera un delito, sino porque sabía —por experiencia— que su palabra valía menos que su expediente.

La Chan apretó los dientes mientras redactaba ese párrafo. Porque ahí estaba el centro de todo. No el cuchillo. No la selva. El descrédito automático.

Incluyó un dato que había confirmado dos veces antes de ponerlo: la mujer tenía antecedentes de consumo problemático de drogas. Lo escribió con cuidado, como quien manipula algo inflamable. No para condenarla, sino porque sabía que otros lo usarían para hacerlo. Mejor decirlo ella, sin veneno, que dejarlo en manos ajenas.

Luego escribió lo que nadie en el municipio quería asumir:

La versión que comenzó a circular en redes sociales y espacios informativos locales durante las primeras horas posteriores al hallazgo del cuerpo omitió por completo el señalamiento de agresión sexual y se limitó a describir el hecho como un “ataque sin motivo aparente”.

Ahí fue cuando el coraje le subió de verdad. Le temblaron los dedos. Pensó en los encabezados que ya había visto. En las palabras “viciosa”, “presunta”, “conocida de la zona”. Pensó en cómo la ciudad se come a las mujeres y luego pide explicaciones.

Siguió escribiendo.

Narró cómo la mujer fue encontrada días después en la selva, acompañada de otra mujer que también había huido de la violencia y que había sobrevivido gracias al auxilio de una adulta mayor de origen maya.

Ese dato le importaba.

No como folclor, sino como recordatorio brutal: mientras las instituciones miran a otro lado, la gente se salva entre sí.

Ambas mujeres acudieron posteriormente a este medio ante la preocupación de que la historia estuviera siendo construida sin su voz y con versiones que no corresponden a lo ocurrido.

La Chan dejó esa frase sin adornos. No iba a decir “buscando justicia”. No iba a decir “para limpiar su nombre”. No era eso. Era más simple y más crudo: no querían que las sepultaran en mentiras.

El cierre le costó más. Siempre le costaba. No por falta de palabras, sino porque sabía que el cierre era donde se notaba si una nota tenía miedo.

Escribió que las autoridades no habían emitido, hasta ese momento, una postura oficial que integrara la denuncia de violencia sexual al caso. Escribió que el silencio también comunica. Escribió que este medio mantendría el seguimiento.

Borró una frase donde casi se le sale el juicio. La volvió a escribir, más fría.

Terminó con una línea que no pedía empatía, pero la exigía:

Reducir este caso a un “crimen” sin contexto no solo es una omisión informativa, sino una forma más de violencia.

Guardó el archivo. No se sintió aliviada. Nunca se sentía. El coraje seguía ahí, instalado, como animal que no se va. Sabía que al publicarla le iban a llover mensajes. Que la iban a acusar de todo. Que alguien iba a decir que defendía lo indefendible.

Pero también sabía otra cosa: esa nota iba a quedar. Iba a existir. Y a veces, en ciudades como esta, existir ya es una forma mínima de justicia.

Cerró la laptop. Se sirvió otro vaso de agua. Afuera, Playa del Carmen seguía vendiendo paraísos. La Chan, mientras tanto, había escrito desde el infierno. Y no pensaba disculparse por ello.

Este texto es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares, organizaciones, eventos y situaciones descritos son producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con personas reales, vivas, fallecidas o con hechos reales, es pura coincidencia.

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